Primer encuentro con la fotografía
Nada es casual. Es causal.
El universo no se equivoca (o eso quiero creer, porque si no, menudo desorden).
A veces me pregunto si existe el destino. Si nacemos con una misión asignada. Si hay algo -o alguien- que va colocando pistas en nuestro camino como migas de pan para despistados profesionales.

Puede parecer una locura, pero, de vez en cuando, la vida te cruza una situación que lo cambia todo. Un pequeño gesto. Una decisión aparentemente inocente… y zas, giro de 180 grados.
De eso sé bastante.
Mi vida ha sido, básicamente, una sucesión de bifurcaciones. Y cada camino elegido -o aceptado sin pensar demasiado- ha sido un punto de inflexión.
Algunos los vi venir como un ciclón arrasando. Otros me atropellaron con cariño.
Uno de ellos ocurrió cuando cursaba bachillerato.
Descubriendo la soledad creativa
No era mala estudiante de ciencias, pero tampoco brillante. Digamos que sobrevivía con dignidad.
Aquel día, una amiga me propuso hacer con ella un taller de fotografía en blanco y negro. El horario no me venía mal y probar cosas nuevas siempre me ha gustado.
Acepté sin perspectivas. Total, ¿Qué podía pasar?
Nunca se me había dado bien las manualidades. Ni el dibujo. Ni nada que sonara remotamente a «creativo». Yo tenía claro que eso no era lo mío (spoiler: estaba equivocada).
Aquel taller fue como abrir una ventana y respirar aire fresco por primera vez. Desde el primer momento. Desde el instante exacto en que me pusieron en la mano un carrete de blanco y negro y lo coloqué en una sencilla cámara que era de mi padre… sin pedirle permiso.
La creatividad a veces empieza con pequeños delitos domésticos.
No era la primera vez que hacía fotos. Me gustaba llevar la cámara a las excursiones de montaña con mis compañeros. Pero aquello era otra cosa. Otro nivel. Tenía que hacerlo todo yo: desde cargar el carrete, componer, disparar, revelar y positivar.

Magia
Salir a fotografiar después de unas nociones básicas fue emocionante. Pero entrar al laboratorio… eso fue definitivo.
Ver cómo la imagen aparecía poco a poco en la cubeta de revelado fue mi auténtico punto de inflexión. Yo había tomado esas fotografías. Y ahora las estaba haciendo nacer.
No quería parar. No quería que terminara. Y no terminó.
Aquel laboratorio improvisado del instituto se trasladó al cuarto de baño de casa de mis padres. Cada vez que se convertía en laboratorio, ese espacio adquiría algo sagrado.
Por fin había encontrado algo que me gustaba de verdad. Y, para mi sorpresa, se me daba bien.
Qué gozada.
También descubrí algo inesperado: me encantaba salir sola fotografiar mi ciudad. Sola. Sin ruido. Sin explicaciones.
Aprendí a disfrutar la soledad. A poner todos los sentidos en lo que hacía. A estar completamente presente.
Sin saberlo, ya estaba entrenando algo que tardaría años en entender.
Bucle creativo: llenar y vaciar
Y… ¿Qué me atrapó de la fotografía?
Varias cosas.
Contar historias a mi manera. Poder parar el tiempo. Saber que cada imagen es única e irrepetible.
Con cada imagen me lleno. Con la edición me vacío. Y vuelta a empezar.
Es un bucle perfecto (o una pequeña adicción creativa).
La edición me permite moldear la historia, darle sentido, reinterpretar el momento.
La bifurcación profesional
Y sin darme cuenta, el camino volvió a bifurcarse. La fotografía profesional tocó a las puertas.
La abracé con curiosidad, entusiasmo y responsabilidad. Durante más de veinte años di todo lo que tenía. Profesionalidad y buen hacer fueron siempre mis objetivos.
Pero algo comenzó a descompensarse.
La fotografía profesional fue ocupando casi todo el espacio. Y aquella otra fotografía, más personal, más artística, más honesta, aparecía solo a ratos.
Insuficiente.

Habitar el umbral: fotografía entre sueños y realidad
Después de veinte años, llegó otro punto de inflexión: dejarlo todo, empezar de cero y volver a una fotografía más íntima.
Una fotografía que, sin saberlo, era una búsqueda de mí misma.
No fue intencionado. Ni premeditado. Simplemente ocurrió.
Al observar mis propias imágenes con detenimiento, empecé a detectar códigos, patrones, silencios.
Fotografías que me hablaban de cosas que yo aún no sabía formular. Hasta que entendí algo esencial: mi fotografía habita un umbral.
Un espacio intermedio entre los sueños y la realidad. Un territorio de pausa, de escucha y de silencios que no necesitan explicación.
Es aquí donde descubrí mi pasión por la fotografía entre sueños y realidad: un lugar donde cada imagen me permite explorar, sentir y comunicar sin necesidad de palabras.
No me preocupa la cámara ni la lente.
Esos discursos me aburren soberanamente.
Me importa detener el tiempo en un clic y dialogar después con ese instante. Quedarme un momento más en ese lugar indefinido donde algo resuena, aunque todavía no sepa ponerle palabras.
Cada fotografía es un autorretrato. Observamos el mundo sin ser conscientes de que nos estamos observando a nosotros al mismo tiempo
Ese umbral nos enseña a parar, observar, sentir, oler, recordar e imaginar.
Es memoria. Es aprendizaje.

Aprendiendo un lenguaje nuevo
Y sí, uno puede descubrir cosas muy sorprendentes sobre sí mismo.
El camino desde aquel taller de iniciación en blanco y negro hasta hoy ha sido largo, sinuoso, complejo y, por suerte, divertido. Como volver a aprender a hablar. A leer. A comprender un lenguaje nuevo.
Y ese aprendizaje no termina nunca.
¿Qué habría pasado si la fotografía no se hubiera cruzado en mi camino?
No lo sé. Nunca lo sabré.
Pero sigo creyendo que nada es casual. Todo es causal.
Y que, desde aquel primer carrete hasta hoy, he aprendido a quedarme en ese espacio intermedio. En el umbral.
Donde el universo, al menos en esto, no se equivocó.

Es complicado demostrar que causa y efecto están directamente relacionados, pero es evidente que lo están.
http://fernanfotos.blogspot.com
https://encimadelastablas.blogspot.com
Sí, es complicado por no decir imposible. Pero algunos intuimos (correctamente o no) que alguna relación hay. Gracias por leer y comentar. Un saludo.