Imprimir fotografías en la era digital
Imprimir fotografías en la era digital se ha vuelto casi una rareza, y quizá por eso hoy hacemos fotografías sin pensar demasiado en ellas.
Las vemos durante un par de segundos.
Una.
Otra.
Y otra.
Se acumulan en discos duros, en tarjetas, en la nube… en lugares que casi nunca volvemos a visitar. Imágenes que no tocamos, que no ocupan espacio, que no tienen un sitio concreto.
Y, sin embargo, cuesta borrarlas.
Como si al hacerlo perdiéramos algo más.

Fotografía con olor a tiempo
Antes no era así. No porque fuera mejor ni peor.
Simplemente… era diferente.
La fotografía tenía cuerpo. No estaba ahí desde el principio, ni existía realmente hasta que la revelabas.
Y cuando por fin aparacía, podías tocarla.
Guardarla.
Dejarla en un cajón.
Colgarla en una pared.
Poseía un lugar.
Y tenía algo que ahora echo en falta: tenía olor a tiempo.


Cuando las imágenes dejan de tener un lugar
Ahora las imágenes están desde el primer instante. Se hacen, se guardan, se pasan.
No nos detenemos demasiado. No miramos con calma.
Las consumimos.
Y en ese proceso, casi sin darnos cuenta, la fotografía ha dejado de ser un objeto para convertirse en algo que simplemente pasa por delante.
Quizá por eso, imprimir fotografías en la era digital cobra más sentido que nunca.
Ya no la tocamos.
No ocupa espacio físico ni tiene un lugar.
Y creo que ahí es donde se pierde todo.
Se pierde lo sensorial.
El tacto.
Ese olor a tiempo de los químicos.
El fotolibro: volver a tocar las imágenes
Donde antes había espera, ahora hay inmediatez.
Y sin embargo, en medio de todo esto, apareció algo que me parece interesante.
El fotolibro.
Al principio, por un lado, parecía una moda para los reportajes de boda, comunión, viajes con la familia.
Pero por otro lado, se convirtió en un objeto muy interesante y asequible para proyectos personales.
Hacer un fotolibro te ayuda a parar, a elegir —que es lo más difícil para un fotógrafo— a ordenar y secuenciar para hilar una narrativa.
En definitiva a pensar un qué y cómo.
Y, sobre todo, te devuelve algo que parecía perdido: la posibilidad de toca las imágenes otra vez.
Para mí, el fotolibro es un poco eso.
Un nuevo cuarto oscuro.
Otro lugar donde la fotografía vuelve a tener cuerpo. Donde puedes pasar páginas, detenerte, volver atrás.
Una de las formas más bonitas de entender la importancia del fotolibro es entrar en un lugar como The Library Project, en Dublín.


El ritual del cuarto oscuro
Pero claro, todo esto viene de algún sitio.
Me sigue sorprendiendo cuando escucho a fotógrafos hablar de la magia de la fotografía analógica.
Y no sé muy bien por qué me sorprende.
Porque sí… lo era.
En aquel momento no la llamábamos fotografía analógica.
Era simplemente… fotografía.
Y ya está.
Pero había algo.
Un hormigueo en el estómago cada vez que metías el papel en la cubeta.
Arriba… abajo…
Despacio.
Y de repente empezaba a aparecer.
Primero casi nada. Una sombra leve que iba oscureciéndose poco a poco cogiendo forma.
Y tú mirando, esperando.
Sobre todo esperando que las luces no se quedaran en blanco, que apareciera algo de textura.
A veces movías la cubeta un poco más rápido para que esto sucediera, como si pudiera ayudar.

Pensarlo ahora sigue pareciéndome curioso.
Ese papel ya tenía la imagen antes de verla. Estaba ahí, pero no podías verla todavía.
Había que pasar por todo el proceso.
Y eso tenía algo de misterio.
No era sólo ese momento.
Era todo lo demás.
Las copias mojadas, el cuidado al cogerlas, el paso de una cubeta a otra, el agua corriendo durante bastante tiempo para lavar ese papel baritado.
Y el olor.
Ese olor que no sabría describir del todo, pero que si lo vuelves a oler, lo reconoces al instante.
Aprender con tiempo: prueba, error y paciencia
Todo llevaba su tiempo.
Y todo lo ibas aprendiendo a base de probar.
Mucho.
A veces demasiado.
De hecho, recordarlo ahora casi me agota.
También estaba la libreta.
Siempre la libreta.
Apuntando todo: el papel, los filtros, los tiempos… porque si algo salía bien, querías poder repetirlo.
Y si tuviera que quedarme con algo de todo aquello, sería esto: la paciencia.
Era otro ritmo. Más lento. Más atento.

La revolución digital y la nueva forma de crear
Y todo luego cambió. Y no sabría decir en qué momento exacto. Fue poco a poco.
Primero aquellas cámaras digitales que parecían de juguete. Luego fueron mejorando… más calidad, más opciones… hasta que llegó el RAW y, de repente, parecía que el cuarto oscuro se había metido dentro del ordenador.
La ampliadora pasó a ser el Photoshop.
Y eso también tenía su magia.
Ver la imagen al instante, «tocarla», cambiarla… era difícil no engancharse.
Pero también empezamos a hacer algo sin darnos cuenta.
Disparar más.
Mucho más.
Porque podíamos.
Cientos. Para guardarlas sin volver a ellas.
Por qué imprimir fotografías en la era digital sigue siendo importante
Cuando antes teníamos 12, 24 ó 36 posibilidades de hacer alguna fotografía buena y te lo pensabas bien.
No creo que antes fuera mejor.
Ni que ahora sea peor.
Simplemente diferente.
Pero sí creo que hay algo que no deberíamos perder del todo.
Que las fotografías se puedan tocar.
Que existan fuera de la pantalla.
Que tengan tiempo.
Imprimir fotografías en la era digital no es nostalgia.
Es otra cosa.
Casi una forma de no perder del todo ese vínculo.


