El Puente de Carlos: el icono más fotografiado de Praga
Llegar a Praga con una cámara es un acto de un optimismo excesivo si tu intención es fotografiar la ciudad como si nadie lo hubiera hecho antes. Fotografiar ventanas en Praga, sin embargo, no estaba en mis planes cuando crucé el Puente de Carlos por primera vez.
Uno aterriza convencido de que va a comerse la ciudad, fotográficamente hablando.
Al principio, lo primero que impresiona es ese puente empedrado donde casi puedes sentir la vibración de los antiguos carruajes cruzándolo a toda prisa (sí, vale… con un poco de imaginación, porque según el día apenas ves un centímetro cuadrado libre entre turista y turista: febrero, en ese sentido, fue misericordioso conmigo).
La realidad, sin embargo, es menos idílica: ese puente ha sido fotografiado hasta el agotamiento. Fotografiarlo hoy es como intentar mejorar la receta de la Coca-Cola. Puedes hacerlo, pero probablemente no hacía falta.
Aún así, allí estaba yo.
Con mi cámara.
Frío seco.
Mucho frío.
Nieve.
Y ese silencio que sólo existe cuando la nieve cae sobre más nieve y amortigua el mundo (aunque esté en plena ebullición).
El problema de llegar tarde
Antes de poner un pie en Praga ya la conoces. El Puente de Carlos al atardecer, La Torre del Reloj, La Torre de la Pólvora, sus callejuelas…
Uno tiene la incómoda sensación de que llega tarde.
Muy tarde.
Como tres o cuatro siglos tarde.
Después, están los turistas.
Miles.
Yo incluida, claro.
La fantasía histórica se evapora en cuanto un turista te alarga el móvil y te pide una foto con el castillo de fondo.
De repente, entiendes algo incómodo (aunque ya lo venías rumiando desde hace mucho tiempo): no has venido a descubrir Praga con tu cámara, has venido a enfrentarte a todas las imágenes que ya existen de ella.
Cada rinón parece tener una versión mejor fotografiada en algún libro, exposición o perfil de Instagram. Todo ha sido encuadrado, editado y dramatizado hasta la saciedad.
Entonces una pregunta te golpea en la cabeza como si fuera un mazo: ¿Qué haces tú aquí con una cámara?
No se trata de fotografiar una ciudad. Se trata de encontrar un lugar desde el que mirarla sin repetir lo que ya ha sido dicho.
Ahí es donde empieza el verdadero problema.

Sudek y la inspiración para fotografiar ventanas en Praga
Hace tiempo que la fotografía de calle dejó de emocionarme como antes. Geometrías limpias, contraluces perfectos, una figura humana estratégicamente colocada… Todo correcto, impecable y previsible. Las ciudades hiperfotografiadas empiezan a parecer sólo decorados. No hace falta viajar a Praga para hacer esas fotografías.
Entonces pensé en Sudek.
Sudek fotografió Praga durante décadas desde la ventana de su estudio.
Sí… aquellos bodegones y juegos de luces también eran Praga.
«Yo creo mucho en el instinto. Uno nunca debe adormecerlo queriendo saberlo todo. Uno no debe hacer demasiadas preguntas, sino hacer lo que hace correctamente, nunca apresurarse y nunca atormentarse»
Josef Sudek
Praga no es sólo monumentos. También es una ventana. Una mesa,un cristal empañado o un árbol nevado visto desde dentro de esa ventana con cristal empañado.
Su serie The Window of My Studio no es una colección de postales. Son catorce años mirando lo mismo. La misma ventana y la misma ciudad. Distinta luz y atmósfera. Intimidad frente al espectáculo.


Fotografiar ventanas en Praga: la revelación inesperada
Sin darme cuenta comencé a mirar hacia arriba y terminé fotografiando ventanas en Praga como si fueran pequeños escenarios íntimos frente al espectáculo monumental.
Ventanas en Malá Strana. Cristales con reflejos. Bodegones involuntarios. Objetos cotidianos dialogando con la ciudad al otro lado del vidrio. No podría recolocar nada ni intervenir. Sólo observar y disparar.
Entendí algo incómodo: las fotografías más importantes de mi viaje a Praga no fueron del Puente de Carlos.
Fueron de unas ventanas.
Ventanas anónimas, cotidianas, que nadie coloca en un folleto turístico.
Quizás viajar hoy no consista en encontrar lo extraordinario.
A caso consista en encontrar un lugar desde el que mirar.
Y, en Praga, ese lugar estaba detrás de un cristal.
Quién me lo iba a decir, cuando ya creía superada hace muchos años esa etapa de fotografiar ventanas y puertas.
Al final, da igual si uno logra ser original fotografiando Praga o no. Esa no es la cuestión.
Hay que viajar para descubrir y sorprenderse.
Recorrer Praga, sentir el frío en la cara, escuchar cómo suena el empedrado bajo nuestros pasos y para comprobar que la historia se sigue escribiendo siglo tras siglo. Y si con el proceso se hace alguna foto buena, inesperada, de esas que te sorprenden incluso a ti… pues eso que te llevas. Pero la experiencia ya justificaba el viaje, hagas o no hagas fotos.
Aquí dejo una pequeña joya sobre Sudek, «Canción para un fotógrafo» de los archivos sonoros de RTVE
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