Hay momentos en los que el silencio en la naturaleza se experimenta de manera única, como si el tiempo se ralentizara y el sonido desapareciera. La nieve y la niebla, bajo ciertas condiciones, revelan un tipo de silencio que no viene de fuera, sino de dentro. Un silencio que nos confronta con nosotros mismos.


Dos tipos de silencio que solo la naturaleza puede ofrecer
En mi experiencia como fotógrafa de paisaje en la Sierra del Guadarrama y Gredos, he aprendido que el silencio en la naturaleza es más que ausencia de sonido. Es presencia plena. En medio de la naturaleza, resuena el eco de uno mismo. Un silencio que se siente más que se escucha.
Un bosque nevado nos envuelve en una calma profunda. El sonido lejano de las ciudades parece amortiguarse, se hace más sordo hasta el punto de desaparecer. La sensación es increíble: solo se oye la propia respiración, el latido del corazón. Hay un sonido interior que comienza a resurgir. Y ese silencio denso nos obliga a estar presentes.
La niebla y la nieve actúan como un velo amortiguador del mundo exterior. Ralentizan el tiempo hasta casi detenerlo. Ese silencio etéreo nos transporta a una dimensión onírica donde todo parece detenido. Esta cualidad nos invita a vaciarnos por dentro para poder escucharnos mejor. Son paisaje que no sólo invitan a su contemplación sino también a sentirlos.





