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La fotografía que nunca llegué a hacer

Conversando con la mujer de la sonrisa eterna en El Paseo de Gracia en Barcelona

Mientras disfrutaba de una cerveza fría en una terraza del Paseo de Gracia de Barcelona, una mujer de pequeña estatura, frágil, casi sin pelo y con rasgos asiáticos se acercó amablemente, sosteniendo un vaso de papel. Aunque no estaba segura de su exacta procedencia, supuse que era de origen chino. Desde ese momento, la refería cariñosamente como “la chinita”, a falta de una mejor descripción. No soy muy buena juzgando la edad de las personas, y mucho menos cuando se trata de alguien de origen oriental.

Por lo general suelo rechazar a quienes se me acercan de repente, casi abordando, en la calle a pedir dinero. Es mi primer impulso. Y más cuando estoy sentada en un banco o en una terraza tranquilamente inmersa en las tempestades de mi mente mientras me relajo. Suelo excusarme amablemente con un “no, lo siento” y seguir en mis cosas.Sin embargo, esta vez algo en ella me intrigó y me hizo seguir su recorrido por las mesas. A pesar de que la mayoría de las personas apenas depositaban unas míseras monedas en su vaso de papel, algo en su presencia continuaba captando mi atención.

Su baja estatura, la vestimenta improvisada de trapos cosidos entre sí, la tosca muleta que utilizaba para apoyar una de sus piernas y dar pasos tambaleantes eran visibles a simple vista. Su estado físico la hacían tambalearse de un lado a otro, lo que resultaba conmovedor. Ver a alguien en tan precarias condiciones, pidiendo ayuda con dignidad, me removía por dentro.

Pero aún así con todo eso, todos esos aspectos no fueron los que llamaron mi atención sobre ella hasta el punto de seguirla con la mirada todo el tiempo que estuvo recorriendo mesas, una por una. Lo que me llamó la atención era su sonrisa. Era una sonrisa sincera, desprovista de dolor y resentimiento. Su sonrisa no sólo estaba dibujada en sus labios, sino, los más importante para mí, en sus ojos. Sonreía con los ojos. Conozco esas sonrisas. Son las que más me conmueven.

Pero esta historia realmente no comienza aquí. Comienza el día anterior en la estación de tren de Barcelona. Allí me encontré en el suelo un billete de 5 euros. ¡Qué afortunada! Los guardé en mi bolsillo y luego pensaría qué uso darle. Esa misma noche se me pasaron varias cosas por la cabeza en las que emplear ese dinero. Una de ellas, y que siempre me ronda la cabeza cuando encuentro dinero en el suelo, es dárselo a alguien que realmente lo necesite. Alguien que esté pidiendo en la calle. Pero no quiero que lo utilicen para comprar cosas perjudiciales o improductivas, como el alcohol. Decidí mantener el billete en el bolsillo de mi vaquero por si tenía que echar mano de él. Estaba decidido. Encontraría a alguien que realmente hiciese un buen uso de ese billete, para comer por ejemplo. No era mi dinero.

Así que mientras seguía con mi mirada a la chinita, su sonrisa me mantenía hipnotizada. Acercaba su vaso a la gente, sonreía y aunque no le diesen dinero continuaba, sonriendo, hacia la siguiente mesa. Fue entonces cuando reaccioné y decidí levantarme, meter la mano en mi bolsillo, desdoblar el billete y acercarme a ella. En ese momento un hombre le estaba metiendo unas monedas en el vaso, casi sin mirarla, siguiendo su conversación con la persona que tenía al lado. Ella hizo una reverencia de agradecimiento y no desdibujó su sonrisa. Al darse media vuelta se encontró conmigo de frente. Le entregué el billete en la mano y le dije: “mantén siempre esa sonrisa”. Ella hizo un gesto de no entender. Pensé que no hablaba español y se lo dije en inglés: “Keep always smiling”. Volvió a poner un gesto de no comprender. Fue cuando apunto a su oreja y gesticuló un no. Era sorda. No me rendí. Dibujé con mis dedos un sonrisa en mi cara y la apunté a ella. Sonrió ampliamente, con los ojos y los labios. Había comprendido. No sólo me lo agradeció con una reverencia sino que me lanzó un beso. Me llegó al alma.

Volví a mi silla y seguí con mi caña de cerveza. No sin quitarle el ojo a aquella sonrisa que se extendía por todo el Paseo de Gracia.

Me conmovió como nadie nunca lo había hecho. Sé que emplearía bien ese humilde billete de 5 euros.

Por la noche, sentada en un banco en la misma calle, volví a verla pasar, horas más tarde. Se acercó nuevamente para pedir dinero, pero no me reconoció. Le dibujé la sonrisa en mi cara y me señaló riendo y volviendo a tirarme un beso. Entonces se acercó. Me mostró una herida en su mano y me explicó con cierta dificultad que la habían tirado agua caliente y la habían causado daño. Por su expresión, entendí que no fue un accidente, sino algo premeditado. Me dolió profundamente. Me volvió a lanzar otro beso y se alejó tambaleándose en su muleta casera. Sus zapatos eran unas sandalias recubiertas de cinta ancha de embalar.

Mi compañero y pareja Carlos Conde pudo hacerle una fotografía mientras ella me contaba lo de su mano.

Al día siguiente, al atardecer, la encontré sentada en la acera cerca de la Plaza Cataluña sobre su muleta. Llevaba unos guantes en las manos. No me vio. Estaba descansando. Le tomé una foto. En mi condición de fotógrafa no me había planteado el día anterior hacerle una fotografía. Le podía haber pedido permiso y estoy segura que me lo habría dado para hacerle un retrato. Pero no lo consideré en ese momento. Su condición física y su sonrisa hicieron que por un instante olvidara que yo era fotógrafa, que siempre llevaba una cámara encima, que fotografiaba lo bello, y lo menos bello, el dolor y la alegría. Pero se me olvidó. Para mi lo más importante fue aquella sonrisa perpetua.

Si algún día pasáis por el Paseo de Gracia y veis a una chinita pequeña sonriendo… dadle unas monedas y dibujadle una sonrisa en vuestros labios. Ella entenderá.

Publicado en Experiencias

2 comentarios

  1. Susan Gans

    Thanks for this lovely and meaningful story. The photo has much more meaning knowing the details about this encounter.
    The back story is often missed and assumptions are made. Hope this lady finds good people like you willing to really know her and help.

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