
En ESENCIAS presento un destilado de mis fotografías, tomadas en lugares públicos, tanto exteriores como interiores. Un breve resumen de más de una década atrapando instantes en blanco y negro, persiguiendo lo que me conmueve, lo que me susurra al oído y me empuja a disparar.
Llaman a esto “street photography”, “fotografía de calle”. Y a quienes nos dejamos llevar por esta búsqueda, nos etiquetan como “street photographers”, “fotógrafos de calle”. Pero yo no me acabo de reconocer en esas palabras. Las miro de reojo, con cierta distancia, como quien evita la mirada de un extraño. He aprendido a desconfiar de las etiquetas.
Sí, lo sé. Mostrar de golpe 246 imágenes puede resultar excesivo, incluso agotador. Pero, ¿cómo condensar años de exploración y encuentros fugaces en menos? Estas fotografías no están organizadas por ciudades, porque no importa dónde fueron tomadas. La calle, el país, el rincón exacto son irrelevantes. No busco trazar un mapa de mis pasos ni alardear de viajes. Aunque me apasiona viajar, mi fotografía no habla de geografías ni de lugares. Habla de mí.
Aun así, he señalado en cada miniatura la ciudad y el país donde capturé esos instantes a modo de cartelas. Lo he hecho únicamente por cortesía hacia el espectador, pero puedo asegurar que no es importante. En algunas imágenes, reconocerán el lugar; en otras, podría ser cualquier ciudad, cualquier esquina del mundo.
Nunca he pretendido ser documentalista. No me interesa registrar costumbres, tradiciones ni la vida de otros. Ya dediqué más de veinte años a fotografiar la vida de los demás en mi trabajo de fotografía social. En esta otra faceta, tan íntima, no busco documentar; quizás, sin querer, termino haciéndolo. Pero documento mi vida, mi forma de ver, de pensar, de sentir. Me dejo llevar por lo que hay en mi interior: esa voz que me pide que apunte la cámara, que dispare, que capture.
Soy una observadora nata. Una mirona, si se quiere. Miro a quienes pasan frente a mí; los sigo con la mirada como un cazador sigue la pista de su presa. A veces son detalles los que me atrapan: un gesto, una mirada furtiva, una risa que parece escaparse entre los labios. Otras veces, son las personas mismas las que me fascinan, como si en su acto de mirar al infinito o a otros reflejaran algo de mí misma. Es un juego de espejos, infinito, un círculo perfecto: yo observo a quienes observan. Y en ellos, de alguna forma, me observo también. Retratar a otros es como hacerme un autorretrato, porque lo que me llama la atención de ellos no es más que un eco de lo que llevo dentro.
A veces, me encuentro persiguiendo lo que detesto. Otras, lo que deseo. Y hay días en que fotografío lo que me asusta. Cuando no hay personas, la luz y las sombras se vuelven mis protagonistas. Lo feo y lo bello se confunden, se entremezclan, hasta que lo cotidiano cobra una belleza inesperada.
La perfección técnica ya no me obsesiona. Antes, buscaba la composición impecable, la nitidez absoluta, la exposición perfecta. Ahora no. Ahora persigo otra perfección, la de lo imaginado, la de lo que nace de mi intuición. Disparo cuando algo me conmueve, sin pensarlo demasiado. La cámara se vuelve una extensión de mis emociones.
Cuando fotografío, entro en un estado de concentración absoluta, un trance. Es como si me desconectara de este mundo y me sumergiera en otro: un lugar misterioso, envuelto en un silencio profundo. Las personas y los espacios que capturo dejan de ser reales y se transforman en fragmentos de mi imaginación. Con cada clic, escribo historias con la luz y las sombras.
Los lugares públicos siguen siendo mi escenario, aunque mi mirada ha cambiado con el tiempo. Es inevitable. Evolucionamos, y la fotografía no es diferente. Como un escritor que, tras años de novelas, encuentra su voz en la poesía, yo sigo buscando algo nuevo en cada disparo. Pero mi entusiasmo permanece intacto. Cada vez que tomo una cámara, la que sea, el mundo vuelve a abrirse ante mí con la misma intensidad del primer día.
ESENCIAS no son las historias de las ciudades que visito ni de las personas que retrato. Son mis historias. Mi visión. Mi esencia.
El texto introductorio de Mario Vargas Llosa sobre la obra Dublineses de James Joyce me abrió un poco los ojos con respecto a la llamada «fotografía de calle». Directo y certero, revela una verdad profunda: intentamos capturar la esencia de las ciudades y de las calles, pero en realidad, lo que estamos fotografiando es nuestra propia esencia.