
Hay fotografías que me arrastran hacia lo más profundo de mi infancia, como si el tiempo se disolviera entre mis manos y me permitiera, por unos instantes, volver la vista atrás. En esta imagen que tomé hace un tiempo, tres elementos parecen encapsular partes de mi esencia, como si cada uno de ellos susurrara una historia distinta sobre quién soy. El mar, el muñeco y esa niña, observando en silencio. Destacaré dos de esos elementos: el mar y la niña.
El mar siempre ha sido, para mí, una presencia inquietante. Su inmensidad me provoca una fobia que a veces parece abrazarme sin piedad. A lo largo de mi vida ha habido momentos en los que el miedo al mar me perseguía incluso en mis sueños. Allí, una ola gigantesca se levantaba ante mí, monstruosa y aterradora, como si quisiera tragarse el mundo entero. En algunos sueños, esa ola me envuelve, me arrastra en un caos de movimientos que me dejan sin aliento, sin orientación, sin saber hacia dónde nadar para escapar. En otros, despierto justo antes de que me golpee, como si mi subconsciente me diera una segunda oportunidad de huir. A veces veo la ola acercarse lentamente, cada vez más alta, proyectando una sombra amenazante sobre mí, y corro desesperadamente.
Cuando me enfrento al mar en la vida real, apenas me atrevo a entrar más allá de donde mis pies puedan tocar el suelo firme. El pánico se adueña de mí si pierdo el control de lo que hay bajo mis pies. Esa sensación de estar rodeada por una inmensidad que no puedo dominar, esa vastedad que esconde secretos en sus profundidades, me llena de una ansiedad. Hace poco descubrí que este miedo tiene nombre: talasofobia. Jamás imaginé que lo que sentía era una fobia, mucho menos que tuviera un término que lo describiera.
Y luego está la niña, esa pequeña observadora que parece detenida en el tiempo. Esa niña soy yo, mirando el mundo desde una ventana, preguntándome desde entonces cuál es el propósito de la vida. Siempre he sido una persona que observa, que analiza, que encuentra historias en los rostros de los desconocidos. Me fascina caminar por la ciudad y reconocer a esas personas que, por alguna razón, han capturado mi atención. Los veo casi todos los días, personajes que, sin hablarme, me cuentan algo de su vida. Si durante días no me cruzo con alguno de ellos, me inquieto, me pregunto qué habrá sido de ellos, especialmente cuando se trata de personas mayores. Y cuando finalmente los vuelvo a ver, me invade una profunda sensación de alivio, como si el mundo, por un instante, volviera a estar en equilibrio.
A veces me siento en un banco y simplemente observo, dejo que las historias fluyan frente a mí. Si fuese escritora, sé que llenaría páginas enteras con los relatos de esas vidas que sólo conozco desde la distancia, pero que me conmueven de forma que no puedo explicar.
Descubrirse a uno mismo, saber cómo somos y por qué reaccionamos de ciertas maneras, es un ejercicio tan enriquecedor como necesario. A través de nuestros miedos y nuestras pasiones aprendemos a entender las raíces de nuestra personalidad. Enfrentarnos a lo que nos incomoda, como el temor a lo desconocido, o apreciar lo que nos mueve nos revela quiénes somos en lo más íntimo. Es un proceso que nos invita a conectar con esas partes de nosotros que, quizás, siempre han estado ahí, esperando ser comprendidas. El autoconocimiento nos permite abrazar nuestras sombras y luces, y al hacerlo, nos encontramos más completos, más en paz con nuestra propia esencia.