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El piano

Siempre he disfrutado regresar a los lugares de mi infancia, aunque a menudo este regreso trae consigo un sabor agridulce. Es inevitable percibir cómo el tiempo deja su huella: cómo todo cambia, envejece y, en ocasiones, desaparece. Sin embargo, volver a la aldea donde pasábamos aquellos veranos inolvidables despierta en mí una oleada de recuerdos imborrables. Allí, la libertad parecía no tener límites, lejos de los peligros de la ciudad. Corríamos sin descanso, como si el día nunca fuera a terminar.

En mi mente, los lugares de mi niñez siempre han sido más grandes, más majestuosos de lo que ahora encuentro en la realidad. A veces me cuesta reconocer rincones que recuerdo amplios y llenos de vida, pero que hoy me parecen pequeños y desgastados bajo la mirada adulta.

Recientemente, volví a uno de esos lugares cargados de recuerdos. Durante nuestros viajes hacia la casa de la aldea, solíamos detenernos allí para visitar a mis tíos abuelos. Era una gran casa enclavada entre un río y una iglesia. Esta vez, al llegar, no pude resistirme a subir las escaleras, ahora ruinosas, y descubrir lo que aún quedaba de ese lugar que fue tan significativo.

Una ventana, que daba a una habitación usada como comedor, estaba abierta. ¿Cómo no asomarme después de tantos años? Desde allí pude ver que todo había cambiado. La gran mesa y las sillas que solían ocupar el centro de la estancia habían desaparecido. Las fotografías que adornaban las paredes ya no estaban. En su lugar, apenas se distinguían un mueble en la pared y un taburete. Intrigada, levanté la cámara para captar una imagen y, al mirar la pantalla, descubrí algo que no esperaba: un piano.

Ese piano nunca había estado allí antes. Parecía en perfecto estado, un contraste sorprendente dentro de una casa al borde de la ruina. Frente a él, el taburete aguardaba, como si invitara a alguien a sentarse y llenar el silencio con una melodía.

Me dio pena marcharme y dejarlo allí abandonado en medio de su silencio. Pero tampoco me corresponde a mi hacerme cargo de esa pequeña joya. Yo no sé tocar el piano. Sin embargo parecía que me llamaba. 88 notas. Así se titula uno de mis proyectos fotográficos que llevo realizando desde hace un año escaso. 88 notas tiene un piano. Cada nota para mi representa un paisaje, un tipo de luz. Desde la primera a la última. Un principio y un final. Una sucesión de historias conectadas por un sonido. El sonido único y lleno de matices de cada una de esas 88 notas que parecen contar su propia historia, igual que este piano que quedó atrapado en el tiempo.

 

Publicado en Reflexión

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2 comentarios

  1. Chechu.

    La belleza de la nostalgia que describes , maquilla una tristeza llena de ternura. Sensacional volcado de alma. Lo bordas , Mónica. Espectaculares fotografías.
    Solo somos pasado , nada más. Un besote .

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