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Casi 20 años de fotografía en color

Un recorrido por casi veinte años de fotografía en color de paisajes y naturaleza, donde el color dejó su huella en cada imagen.

Mónica Riveiro realizando fotografía en color de naturaleza en Gredos
Aquellas largas jornadas en Gredos
Mónica Riveiro realizando fotografía en color de naturaleza
Una de mis últimas experiencias de fotografía de naturaleza

A veces el color no se elige. 

Te envuelve, te absorbe, te atrapa.

Y tú sólo haces lo que puedes: mirarlo… y disparar.

Durante casi veinte años, el color me conectaba con el mundo que me rodeaba. Ahora he vuelto sobre mi archivo, no para ordenar imágenes ni hacer limpieza digital, sino para recordar qué había ahí dentro y volver a sentir aquel gusanillo que me recorría cada vez que salía a la naturaleza con la cámara. 

Cigüeñas al atardecer, amapolas rojas, inviernos a -10ºC y una larga amistad con la fotografía en color

Aunque en los últimos años he realizado algunas pequeñas series en color —unas más experimentales, otras más conceptuales—, hace poco sentí la necesidad de volver la vista atrás. Rebusqué en mi archivo, ese lugar donde duermen versiones pasadas de una misma, para recordar qué había hecho.

Y ahí estaba todo. 

Cigüeñas bañadas por la luz cálida del atardecer en la Sierra del Guadarrama.

Campos infinitos de amapolas rojas en primavera.

Montañas nevadas en Gredos.

Pinares, castaños y hayedos otoñales.

Dehesas convertidas en mares amarillos de flores.

Macrofotografía de bichos y flores.

Ríos convertidos en joyeros de hielo a -10ºC (qué inviernos aquellos).

En definitiva: casi veinte años de fotografía en color de naturaleza condensados en un archivo que apenas dejaba espacio al blanco y negro.

el color del atardecer sobre el blanco de las cigüeñas
Danza de las cigüeñas al atardecer bajo la mirada de la luna
el color rojo intenso de un campo de amapolas en primavera
Campos de amapolas
el color del atardecer sobre las agujas de Los Galayos en Gredos
El color del atardecer sobre las agujas de Los Galayos, Gredos
color de las dehesas en primavera
Mar de flores amarillas de las dehesa
el color de las lenticularis al atardecer en Guadarrama
Lenticularis al atardecer
el color verde de la rana de San Antonio
Rana de San Antonio
Joyas de hielo en el río durante los fríos inviernos de la Sierra de Guadarrama
El río que pasaba por el pinar a 200 metros de la puerta de mi casa se convertía en un joyero de hielo
fríos inviernos en la sierra de Guadarrama
Aquel día llegamos a bajar a -16ºC

De la magia del laboratorio al vértido del color

Comencé aquella etapa usando película de diapositivas, y continué —ya sin marcha atrás— con la llegada de las primeras cámaras digitales. Pasé de la liturgia lenta del revelado en blanco y negro a descubrir una especie de perfección cromática que, en aquel momento, me parecía inagotable.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿Por qué color? ¿Por qué no fui fiel al blanco y negro?

La respuesta es sencilla y nada intelectual: porque la belleza del paisaje me pasó por encima, sin casco ni frenos.

Mi llegada a la Sierra de Guadarrama, en Segovia, fue determinante. La belleza me esperaba a apenas 200 metros de la puerta de mi casa donde había un pinar inmenso, cambiante, ocre en verano, blanco en invierno. La belleza estaba ahí, al alcance de la mano, y era tan intensa que resultaba casi abrumadora. El color gritaba a todo pulmón.

Durante esa época —especialmente cuando llegó lo digital— ya no tenía que cargar con dos cámaras. Con una sola podía elegir. Y casi siempre elegía el color. No porque despreciara el blanco y negro (que también aparecía de vez en cuando), sino porque el entorno me empujaba a ello. No había escapatoria.

el color de La Sierra de Guadarrama en otoño
Otoño a las puertas de casa
el color de un detalle del ala de una Graellsia Isabellae
Detalle de un ala de una mariposa Graellsia Isabellae encontrada muy cerca de mi casa

El color como emoción (y algún exceso de saturación)

Durante muchos años intenté ser fiel al color tal y como me lo encontraba. Manipularlo me parecía poco menos que un sacrilegio. Bueno… seamos honestos: a veces saturaba un poco más de la cuenta. Vale… sí. En alguna ocasión tanto que parecía que las fotos estaban hechas en otro planeta. Creo que esto nos ha pasado a todos y quien diga lo contrario, miente. 

Aún así, mi intención era clara: retener la primera impresión, ese instante en el que te quedas con la boca abierta, embobada, intentando asimilar la belleza que tienes delante.

Fueron también años de aprendizaje con la fotografía digital y la edición. Las posibilidades eran enormes, pero yo quería conservar esa emoción inicial, ese impacto casi físico que me producía el paisaje.

fotografía en color de naturaleza de una flor del ranúnculo en el río
La flor de un ranúnculo

Cuando el color también me dio una agradable caricia

De aquella etapa quedó un audiovisual de diez minutos titulado «Apuntando a las emociones, disparando con el corazón». Un título que hoy sigo considerando certero. No sólo para entonces, también para ahora.

Hace poco lo volví a ver, después de mucho tiempo, y sí: me emocionó. El color también puede emocionar. No soy de piedra.

Y aquí viene la paradoja.

Mi primer premio de fotografía —primer premio, no segundo ni tercero— lo conseguí en 1995… en plena etapa personal de blanco y negro. Llevaba ya tres o cuatro años sumergida en él cuando un día me fui a la Playa del Silencio, en Asturias, con una Fuji Velvia 50 y un trípode.

Esa playa es mágica. Un paraíso para fotógrafos. Color y textura por todas partes. Revelé las imágenes en un delicioso cibachrome (aquellas copias en ese papel tan vibrante parecían tener volumen) y envié una a un concurso de mi ciudad natal.

Bingo. Primer premio en color. 

Había sonado la gaita. Literalmente. Qué queréis, estamos en el norte: aquí no suena la flauta.

A partir de ahí llegó una larga amistad con el color: premios en Segovia y uno en Bruselas… y una relación que duró muchos años.

Entrega del primer premio color de fotografía Ciudad de Gijón
Sonó la gaita: primer premio color en el concurso de fotografía "Ciudad de Gijón"

¿Podría volver al color de aquella manera?

Sinceramente, no lo creo.

Sigo encontrando belleza en el color. Me atrapa, me detiene, lo admiro. A veces incluso lo capturo con el móvil, como quien guarda un recuerdo para más tarde. Pero hay algo que me impulsa a desecharlo como lenguaje principal.

Porque el color habla del mundo.

Y el blanco y negro habla de mi.

Son dos etapas distintas, bien diferenciadas en mi forma de ser y de sentir. El color me sitúa en el exterior, me permite contar cómo es lo que me rodea. El blanco y negro, en cambio, me coloca en mi mundo interior. Es una etapa de conocimiento personal, de introspección, de diálogo con el inconsciente. Sí, también con esas preguntas tan manidas —pero inevitables— de quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

Por otro lado, cuando digo casi rotundamente a algo que no, me viene a la cabeza el título de aquella famosa película de James Bond «Nunca digas nunca jamás». Nunca se sabe. 

Fotografía de color de naturaleza al atardecer
Atardecer en Segovia

EL COLOR NO SE FUE DEL TODO

Y aún así, el color no ha desaparecido en mis trabajos.

Sigo regresando a él de forma puntual, consciente de que la fotografía en color de naturaleza fue una etapa esencial en mi forma de mirar. Está presente en algunas series recientes que se pueden ver en mi web.

ONE es una de las más especiales. Surgió en una etapa emocionalmente complicada. Los colores están alterados, no soy fiel. Es un ensayo simbólico, vulnerable, necesario.

LIFE LIFE nació de algo tan sencillo como observar gotas de tinta cayendo en un vaso de agua. El rojo —rojo sangre, rojo vida— era esencial. De fondo, una canción de Ryuichi Sakamoto, un poema de Arseny Tarkovsy recitado, cuatro notas que parecían pulsos vitales. El color no era estética: era sentido.

Después llegaron Caleidoscopio nocturno y Lisbografías, explorando el movimiento intencional de la cámara. 

Y ahora estoy inmersa en ALMA. Una serie aún incierta, desafiante, donde trabajo con un color desaturado, raído, suave, casi atemporal. No sé a dónde me llevará. Intento empujarlo hacia la abstracción, hacia un territorio que todavía estoy explorando.

fotografía de color en la naturaleza suave y atemporal de ALMA
ALMA
fotografía de color en la naturaleza suave y atemporal de ALMA
ALMA

EPÍLOGO (SIN MORALEJA)

El color fue una etapa.

Importante. Intensa. Necesaria.

El blanco y negro regresó de nuevo.

No como negación, sino como consecuencia y necesidad.

Y ambos siguen ahí, conviviendo, recordándome que la fotografía —al menos para mí— nunca ha sido sólo una forma de mirar el mundo, sino una manera de entenderme dentro de él.

Publicado en Reflexión

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